Desde el pie de los Andes se extiende hacia
el este una alfombra de vegetación que cubre unos 3.700 kilómetros
(2.300 millas) de territorio sudamericano. Al final, este inmenso mar
verde —la Amazonia— muere en el azul del Océano Atlántico.
La parte de esta selva que está en Perú —su
región Amazónica— ocupa casi el sesenta por ciento del país. Aunque solo una
mínima parte de la población de Perú habita dicha región, su techo selvático de
35 metros (115 pies) de altura alberga multitud de animales y plantas.
De hecho, se dice que la Amazonia es uno de los tesoros ecológicos más
ricos del planeta. Más de tres mil variedades de mariposas revolotean por el
aire cálido y húmedo. Unas cuatro mil especies de orquídeas ostentan sus
hermosas flores. También hay más de noventa especies de serpientes que merodean
por las ramas de los árboles y por el suelo selvático. Y en los arroyos y
ríos hay unas dos mil quinientas especies de peces, como la anguila
eléctrica y la piraña.
Entre las vías fluviales que serpentean por
la selva, la principal es el río Amazonas. Hay áreas en donde las
precipitaciones anuales oscilan entre 2.500 y 3.000 milímetros (8 a
10 pies), lo cual provoca desbordamientos en los cauces del Amazonas y sus
1.100 afluentes. El calor y la humedad proporcionan a las plantas un baño
de vapor que ellas agradecen. Curiosamente, la vegetación crece exuberante en
este suelo arcilloso, uno de los más pobres del planeta y, por tanto,
inadecuado para el cultivo permanente.
Primeros pobladores
¿Quiénes escogerían vivir en un lugar así?
Los arqueólogos afirman que millones de personas vivieron en la cuenca del río
Amazonas en siglos pasados. Actualmente, en la región peruana de la Amazonia
hay unos 300.000 habitantes de más de cuarenta grupos étnicos. Se cree que
catorce de estas comunidades viven prácticamente aisladas del mundo exterior.
Esto se debe a que, tras haber conocido la llamada civilización, se retiraron a
los lugares más remotos de la selva para aislarse.
Veamos el origen de los habitantes de la
Amazonia. Según algunos especialistas, los primeros migradores llegaron del
norte siglos antes de nuestra era. De Venezuela migraron los arahuacos, y
del Caribe, los jíbaros, famosos por reducir las cabezas de sus enemigos tras
asesinarlos. Se piensa que algunas tribus llegaron de Brasil, que se
encuentra al este, mientras que otras de Paraguay, que está al sur.
Es posible que, una vez establecidas, la
mayoría de estas tribus se desplazaran dentro de ciertos límites, viviendo de
la caza y la recolección. Además, se dedicaron al cultivo de la yuca (o
mandioca), el ají, el banano y el maíz, que son de las pocas plantas aptas para
el cultivo en suelos ácidos. Ciertos cronistas españoles observaron lo bien
organizados que estaban algunos de estos pueblos, especialmente en cuanto a
técnicas de almacenamiento de alimentos y crianza de animales silvestres.
Choque de culturas
Durante los siglos XVI y XVII, la Amazonia
fue invadida por conquistadores españoles seguidos de misioneros jesuitas y
franciscanos. Estos religiosos, resueltos a convertir a los nativos a la fe
católica, trazaron excelentes mapas que abrieron la Amazonia para el provecho
de los europeos. Pero los misioneros también abrieron la puerta a las
enfermedades y la aniquilación.
En 1638, por ejemplo, se fundó una misión en
lo que ahora es la provincia de Maynas (Perú). Sin más ni más, los
misioneros juntaron grupos rivales y los obligaron a vivir en comunidad. ¿Con
qué “noble” propósito? Que trabajaran al servicio de los misioneros y
conquistadores, quienes los consideraban ignorantes e inferiores.
Y, debido a su estrecho contacto con los europeos, miles de nativos
murieron de sarampión, viruela, difteria y lepra. Además, otros miles
perecieron de hambre.
Muchos indígenas huyeron de las misiones
establecidas por distintas órdenes religiosas. A decenas de misioneros los
mataron en levantamientos, tanto así que en cierto período a principios del
siglo XIX solo quedaba un sacerdote en toda la Amazonia.
Los indígenas de hoy
En la actualidad, muchos indígenas mantienen
sus costumbres ancestrales. Por citar un ejemplo, construyen sus viviendas a la
manera tradicional: levantan una estructura de varas y la techan con hojas de
palma u otras plantas. Y para protegerse de las inundaciones anuales y de
los animales salvajes, hacen las casas sobre pilotes.
Estas tribus tienen una forma de vestir y
arreglarse muy variada. Los indígenas que viven en lo más profundo de la selva
utilizan taparrabos o faldillas tejidas, y sus niños andan desnudos. Hay
quienes se perforan la nariz o los lóbulos de las orejas para ponerse aros,
varitas, huesos o plumas. Otros, como los mayorunas, se agujerean las mejillas,
y algunos tucunás y jíbaros incluso se liman los dientes. Muchas comunidades
acostumbran depilarse el vello corporal y hacerse tatuajes. Por otra parte, los
que tienen más contacto con el mundo fuera de la selva han adoptado la forma de
vestir occidental.
Como las etnias de la Amazonia conocen miles
de plantas, la selva es su farmacia. De ahí obtienen remedios contra las
mordeduras de serpiente, la disentería y las afecciones de la piel, entre otros
problemas. También extraen caucho de los árboles, el cual —mucho antes de que
el mundo occidental lo descubriera— ya utilizaban a fin de impermeabilizar
canastos para el trabajo y hacer pelotas para sus juegos. La selva,
además, les da la materia prima para sus medios de transporte y comunicación.
Por ejemplo, talan árboles con el fin de fabricar canoas para desplazarse por
los ríos y vacían troncos con el fin de hacer tambores para transmitir mensajes
a grandes distancias.
La influencia de los
chamanes y las supersticiones
Para los habitantes de la Amazonia, la selva
está repleta de almas que deambulan por las noches, espíritus que causan daño y
dioses que merodean por los ríos en busca de víctimas incautas. Cabe mencionar
que los aguarunas, una de las etnias más numerosas de Perú, adoran a cinco
dioses: Padre Guerrero, Padre Agua, Madre Tierra, Padre Sol y un Padre chamán.
Muchos creen que las personas se convierten en plantas y animales. Y para
no ofender a los espíritus, se abstienen de matar a ciertos animales, y a
otros solo los cazan cuando es estrictamente necesario.
Los chamanes, o hechiceros, ejercen control
sobre la sociedad y la vida religiosa tradicional. Utilizan plantas
alucinógenas para entrar en trance. Algunos indígenas acuden a ellos para que
les curen sus enfermedades o les predigan sucesos futuros, como si tendrán
buenas cosechas o si les irá bien en la caza.
El futuro de esta
parte de la Amazonia
El mundo de la Amazonia va reduciéndose a
pasos agigantados. Por un lado, las nuevas carreteras fragmentan la selva, y
por otro, las granjas y las plantaciones de coca la van invadiendo.
La tala ilegal ha dejado al descubierto enormes franjas de selva,
destruyendo cada día el equivalente a 1.200 campos de fútbol. Incluso las vías
fluviales se han visto afectadas, pues la minería legal y la producción ilegal
de cocaína han contaminado los afluentes que alimentan el río Amazonas.
Es obvio que las aisladas etnias de esta
región también experimentan las dificultades de nuestros días, a los que la
profecía bíblica llama “tiempos críticos, difíciles de manejar” (2 Timoteo
3:1-5). Pero ¿deberíamos pensar que la Amazonia desaparecerá irremediablemente?
La Biblia nos asegura que no será así. Bajo el Reino de Dios, todo el
planeta llegará a ser un paraíso, tal como nuestro Creador se lo propuso en un
principio (Isaías 35:1, 2; 2 Pedro 3:13).

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