En 1950 llegaron noticias emocionantes a la
sucursal de Caracas. Se enviarían a Venezuela catorce misioneros más y se
abrirían otros tres hogares misionales: en Barquisimeto, Valencia y Maracay.
Ahora bien, ¿lograrían los misioneros entrar en el país? El presidente acababa
de ser asesinado, se había decretado el toque de queda desde las seis de la
tarde y había problemas con las comunicaciones.
El primer avión que entró en el país tras el
asesinato del presidente aterrizó en el aeropuerto próximo a Caracas. Los
catorce nuevos misioneros desembarcaron, pero nadie fue a recogerlos, pues,
dadas las circunstancias, ni siquiera se les esperaba. Ralphine, Penny,
Gavette, una de las componentes del grupo, recuerda: “Teníamos la dirección de
la sucursal, de modo que tomamos tres taxis. Encontrar la avenida Páez, de
Caracas, no fue un problema, pero como es una calle muy larga,
no lográbamos dar con la casa. Ya había oscurecido, hacía rato que se había
dado el toque de queda y los taxistas estaban poniéndose nerviosos. Al final,
Vin Chapman, uno de los misioneros, le dijo al taxista que se detuviera porque
iba a llamar a una casa para pedir indicaciones, aunque hablaba poco español.
Cuando llamó, le abrió la puerta Donald Baxter, el superintendente de la
sucursal. ¡Qué alivio!”.
Los misioneros asignados a Barquisimeto, a
unos 270 kilómetros al sudoeste de Caracas, se dieron cuenta de que la
ciudad era muy religiosa. En los años cincuenta, las tradiciones impregnaban la
vida de las personas, que se resistían a los cambios.
No obstante, las reacciones diferían
dependiendo de lo que se estuviera haciendo y de quién lo estuviera llevando a
cabo. El hermano Chapman recuerda lo que ocurrió el primer sábado que los
misioneros salieron a predicar en la calle. “Nos colocamos los cinco en las
esquinas principales de la zona de negocios del centro de la ciudad. Causamos
bastante sensación. En aquel tiempo casi no había norteamericanos en
Barquisimeto, y, desde luego, ninguna muchacha norteamericana. Yo
no lograba colocar ninguna revista, pero las muchachas las distribuían
como pan caliente.” Cierto día, las cuatro fueron al mercado a comprar
alimentos y decidieron ponerse sus pantalones tejanos. En cuestión de minutos
se arremolinó a su alrededor casi un centenar de mujeres, que las señalaban y
exclamaban: “¡Mira! ¡Mira!”. No estaban acostumbradas a ver a las
muchachas vestir así por la calle. Como es natural, las hermanas se fueron
derecho a casa a cambiarse de ropa.
La mayor parte de la gente de este lugar
no había visto nunca una Biblia. Aun cuando los hermanos utilizaban la
Biblia católica, la gente no quería aceptar lo que decía. Algunos ni
siquiera querían leer un texto, pues pensaban que era pecado. La obra no progresó
mucho en Barquisimeto durante el primer año.
Por fin, la religión
verdadera
Sin embargo, los años de tradición católica
no habían cegado a todos los barquisimetanos. Un ejemplo sobresaliente fue
Luna de Alvarado, una señora muy mayor que había sido católica muchísimos años.
La primera vez que la hermana Gavette la visitó, la anciana le dijo: “Señorita,
desde pequeña he esperado que alguien venga a mi puerta a explicarme las cosas
que usted acaba de decirme. Cuando era joven, limpiaba la casa del cura, que
tenía una Biblia en su biblioteca. Sabía que estaba prohibido leerla, pero
sentía tanta curiosidad por saber la razón, que un día, cuando nadie me veía,
me la llevé a casa y la leí en secreto. Lo que leí me hizo ver que la Iglesia
Católica no nos había enseñado la verdad, y por lo tanto no era la
religión verdadera. Temía decir nada a nadie, pero estaba segura de que los que
enseñaran la religión verdadera vendrían algún día a nuestro pueblo. Cuando
llegaron los protestantes, al principio pensé que eran ellos, pero enseguida
descubrí que enseñaban muchas de las mismas mentiras que enseña la Iglesia
Católica. Ahora bien, lo que usted me ha dicho es lo mismo que leí en la Biblia
hace tantos años”. Se concertó un estudio de inmediato, y no pasó mucho
tiempo antes de que Luna simbolizara su dedicación a Jehová. A pesar de la
enconada oposición de la familia, sirvió a Jehová fielmente hasta su muerte.
El corazón de Eufrosina Manzanares también la
impulsó a responder a la Palabra de Dios. Cuando Ragna Ingwaldsen la visitó por
primera vez, Eufrosina nunca había visto una Biblia, pero aceptó el estudio que
se le ofreció. Ragna recuerda: “Era muy religiosa: asistía a misa todos los
domingos y siempre tenía una lámpara encendida a un ‘santo’ que había puesto en
un nicho de la pared. Para asegurarse de que la lámpara no se apagara,
guardaba cerca varios litros de aceite con ese propósito expreso”. Pero
Eufrosina puso en práctica lo que aprendió de la Biblia. Cuando supo que a
Jehová no le agradaban ciertas cosas, hizo cambios en su vida. Se deshizo
de las imágenes, dejó de fumar y legalizó su matrimonio. Después, su madre
comenzó a estudiar también. No le fue fácil a Eufrosina dejar sus puros ya
que fumaba desde que tenía solo dos años, pues con esa edad su madre solía
ponerle un cigarrillo en la boca para que se callara. Pero a fin de agradar a
Jehová, dejó de fumar, se bautizó y llegó a ser una publicadora muy celosa.
Seis años después de la llegada de los
primeros misioneros a Barquisimeto, seguía habiendo tan solo
50 publicadores. Pero Jehová ha bendecido la búsqueda persistente de las
personas mansas como ovejas. En 1995, las veintiocho congregaciones de
Barquisimeto informaban un total de 2.443 publicadores.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario