Mientras gran parte del mundo estaba tratando
de hacer frente a las consecuencias de la I Guerra Mundial y Adolf Hitler
causaba dificultades en Europa, dos testigos de Jehová que vivían en Texas
(E.U.A.), Kate Goas y su hija, Marion, decidieron hacer más para difundir el
mensaje de paz de la Biblia. Escribieron a la central de la Sociedad Watch
Tower Bible and Tract, de Brooklyn (Nueva York), preguntando dónde podían ser
más útiles, y añadieron que sabían algo de español. Se las asignó a Venezuela.
Llegaron en barco en 1936 y alquilaron
una habitación en la capital, Caracas, que para entonces tenía una población de
200.000 habitantes. Más de diez años antes, varios Estudiantes de la
Biblia, como se conocía entonces a los testigos de Jehová, habían visitado
Venezuela y habían distribuido miles de tratados bíblicos en las ciudades
principales, pero no se habían quedado en el país. Sin embargo, Kate Goas
y su hija no habían ido allí de visita. Aunque el aspecto de Kate era fino
y delicado, iba de puerta en puerta cargada con una enorme bolsa de
publicaciones y un gramófono. Entre ella y su hija abarcaron de modo
sistemático todo Caracas. Hecho esto, se trasladaron al interior del país y
viajaron largas distancias en autobús por caminos polvorientos sin pavimentar.
Predicaron en lugares como Quiriquire, El Tigre, Ciudad Bolívar, en el este, y
Maracaibo, en el oeste.
Sin embargo, en julio de 1944 tuvieron
que regresar a Estados Unidos porque Marion contrajo el paludismo. Kate Goas
escribió una carta a la Sociedad con fecha del 2 de agosto de 1944,
en la que decía: “Hemos dejado muchísimas publicaciones. [...] Después de
predicar por toda la República prácticamente, seguimos encontrando personas que
las aprecian y las leen cada vez que se las llevamos. [...] Ahora, después
de dos años de predicación constante en Caracas, siete personas —seis hermanas
y un hermano— se han puesto de parte de la justicia y se han
bautizado. [...] Están muy contentas con el conocimiento cristiano que
tienen de Jehová y su Reino. [...] Por todo Caracas se ha dado un buen
testimonio varias veces, y la gente conoce bien el contenido de nuestras
publicaciones. [...] Sirviendo en favor de Su Teocracia, Kate Goas”. El
“hermano” que menciona la carta era el joven Rubén Araujo, del cual hablaremos
más adelante. (A propósito, los siete hermanos a los que bautizó la hermana
Goas fueron bautizados nuevamente en 1946 por un hermano, en armonía con
el modelo bíblico, que muestra que los bautismos deben realizarlos solo varones
que tengan una relación aprobada con Jehová.)
Se coloca el
fundamento para dar más testimonio
Cuando la hermana Goas escribió su carta a la
Sociedad, en Brooklyn se estaba planificando el envío a Venezuela de misioneros
preparados en la Escuela Bíblica de Galaad de la Watchtower. Nathan Knorr y
Fred Franz, entonces presidente y vicepresidente de la Sociedad Watch Tower,
respectivamente, viajaron a Latinoamérica repetidas veces con el fin de colocar
las bases de la obra misional. Programaron una visita a Venezuela en 1946.
Se había asignado a este país a tres misioneros, graduados de la Escuela de
Galaad, pero todavía no habían recibido sus visados. ¿Quién se encargaría
de hacer los preparativos para la visita del presidente, del 9 al 12
de abril de 1946?
Enviaron en avión a uno de los tres
misioneros con un visado de turista. Este se alojó en casa de Jeanette Atkins,
una hospitalaria mujer a quien Kate Goas había llevado la verdad. Pero tres
semanas después, el misionero desapareció misteriosamente. Su patrona y amigos
preguntaron a la policía y en el aeropuerto, hasta que por fin descubrieron que
había regresado a Estados Unidos presa de la nostalgia.
Antes de que eso ocurriera, los hermanos
Knorr y Franz hicieron una visita muy provechosa al grupo de hermanos de
Venezuela. Rubén Araujo recuerda que el mismo día en que llegaron se celebró
una reunión en el patio de la casa de Jeanette Atkins, donde veintidós personas
oyeron sus discursos.
Entre los presentes se encontraba Pedro
Morales, a quien entusiasmaban las buenas nuevas. Más tarde relató: “A finales
de los años treinta, Kate Goas y su hija me dejaron el libro Riquezas
mientras estaba en el mercado principal de Maracaibo. Leerlo, años después, me
ayudó a entender la Biblia. La porción que habla de la marca en la frente de
los merecedores me tocó el corazón. (Eze. 9:4.) Empecé a buscar a gente que
tuviera estas publicaciones, y encontré a cuatro personas que habían estado
recibiendo libros de un nativo de Trinidad. Así que comenzamos a reunirnos
todas las noches, cada una en la casa de un miembro del grupo, con el fin de
estudiar el libro Riquezas”.
Cuando a Pedro lo invitaron a ir a la reunión
que habría en Caracas (a unos 700 kilómetros de su casa) durante la visita
del hermano Knorr, tanto él como un amigo suyo decidieron hacer el viaje. Pero
no faltaron los problemas. Pedro continúa su relato: “Mi esposa estaba
embarazada y comenzó a tener dolores de parto; además, mi negocio de caramelos
necesitaba alguien que lo atendiera. ¿Qué podía hacer? Conseguí a una partera
que estuviera con mi esposa y dejé el negocio en manos de mis tres hijos, de
14, 12 y 10 años, respectivamente. Después tomamos el autobús a
Caracas; fue un viaje difícil: dos días por carreteras sin pavimentar”. ¡Qué
alegría se llevó al conocer a los Testigos de Caracas! Mientras estaba allí,
recibió un telegrama de Maracaibo: “Esposa bien. Niño mejor. Estoy en el
negocio. Justo Morales”. Su hermano carnal había llegado inesperadamente de
Colombia y se estaba encargando de todo.
El primer día de aquellas reuniones
especiales en Caracas, el hermano Franz habló sobre “Los testigos de Jehová en
el crisol”. Después, el hermano Knorr siguió hablando de ese tema, mientras
Fred Franz le servía de intérprete. ¡Qué iluminadores fueron esos discursos! Se
centraron en lo que dice la Biblia que deben esperar los cristianos a manos del
mundo, y dieron información sobre la intensa persecución que sufrieron los
testigos de Jehová en Europa durante la II Guerra Mundial.
Al día siguiente se llevó a cabo un bautismo
en Los Chorros, en la cuenca que había al pie de una cascada. Se bautizaron
diez personas en aquella ocasión, entre ellas Winston Blackwood (que había
recibido la visita de la hermana Goas en Quiriquire) y su hijo Eduardo; Horacio
Mier y Terán y su hermano menor, Efraín; Pedro Morales; Gerardo Jessurun (de
Surinam); Israel Francis, y José Mateus.
Pedro Morales y otros dos hermanos del oeste
del país se alegraron enormemente cuando el hermano Knorr dijo que la Sociedad
enviaría misioneros a Maracaibo tan pronto como el gobierno lo permitiera.
Pedro se hizo precursor regular, y siguió en dicho servicio hasta su muerte.
Los impulsaba el amor
a la verdad bíblica
Antes de que llegaran los misioneros, las
oficinas centrales de la Sociedad, en Brooklyn, recibían informes del pequeño
grupo que había formado la hermana Goas. Solamente había un puñado de
publicadores, con muy pocas publicaciones. En muchos casos, solo podían prestar
los libros a las personas interesadas. Según el informe de marzo de 1946,
había nueve proclamadores de las buenas nuevas en Venezuela. Josefina López
atendía el grupo, pues era la más activa.
Rubén Araujo recuerda el excelente ejemplo
que dio la hermana López: “En aquel tiempo yo era un adolescente. [...] A
Josefina López, que tenía cuatro hijos y dos hijas, la llenaba de entusiasmo lo
que le enseñaba la hermana Goas. Yo iba casi todos los días a su casa después
de la escuela, para hablar con ella de las cosas nuevas que estaba aprendiendo
de la verdad. Aunque era una mujer muy atareada, se las arreglaba para salir a
predicar de casa en casa y conducir estudios bíblicos todos los días después
del almuerzo, cuando su esposo e hijos mayores regresaban al trabajo por la
tarde. Nos dio a todos un buen ejemplo, y de verdad que tenía el espíritu de
precursor, pues hacía un promedio de sesenta o setenta horas todos los meses
como publicadora. Después de más de cuarenta años, todavía tiene cartas de
recomendación aquí en Caracas”.
Otra hermana del grupo original era una viuda
llamada Domitila Mier y Terán, que siempre había tenido inclinaciones
espirituales. Le encantaba leer la Biblia de su padre, y cuando este murió, fue
a su casa a buscarla. Aquella Biblia era la única herencia que deseaba. Solo
encontró parte de ella, pues el resto se había ido desprendiendo por el
maltrato. De todas maneras, guardó como un tesoro esa porción y la usó hasta
que pudo comprarse una nueva. Cierto día, una amiga que había conseguido el
libro Reconciliación, publicado por la Sociedad, se lo llevó, y le dijo
que como ella era una lectora ávida de la Biblia, lo apreciaría más. Domitila
se propuso encontrar a los editores del libro, así que visitó a los adventistas
y a otros grupos protestantes. Finalmente, se alegró de que Kate Goas la
visitara en su casa, y aceptó estudiar la Biblia con ella. Dos de sus hijos,
que se bautizaron durante la primera visita de los hermanos Knorr y Franz,
sirvieron posteriormente de superintendentes de circuito, y otro, Gonzalo, de
anciano de congregación. Otro de sus hijos, Guillermo, aunque estaba presente
cuando Kate Goas visitó por primera vez a su madre, no se bautizó sino
hasta 1986.
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