A mitad de camino entre Barquisimeto y
Caracas se encuentra Valencia, la cuarta ciudad más grande de la República. El
aspecto de sus calles más antiguas y estrechas es parecido al de la vieja
España, y al igual que su homónima española, Valencia es famosa por sus
naranjas.
Ocho de los misioneros que llegaron a
Venezuela en 1950 fueron enviados a esta ciudad. Evelyn Siebert (ahora
Ward) se acuerda de cuando empezó a predicar con una presentación aprendida de
memoria. “Aunque no sabíamos español, empezamos muchos estudios bíblicos”,
recuerda. Uno de estos fue con Paula Lewis, católica y muy devota de las
imágenes, en particular del “Sagrado Corazón de Jesús”, al que solía pedir
favores. Iba a la iglesia todas las semanas, donaba tres bolívares y le pedía a
la imagen que su esposo regresara a casa a quedarse con la familia. Como él
seguía viviendo en otro lugar, decidió hablarle a la imagen con más energía:
“Señor, si esta vez no veo resultados, esta es la última donación que te
hago”. Dejó sus tres bolívares y no regresó más.
Al mes siguiente la visitó Evelyn Siebert.
Paula escuchó con gusto, aceptó el libro “Sea Dios veraz”, aunque
no sabía leer, y empezó a estudiar la Biblia con la ayuda de Evelyn. Paula
y una de sus hijas estuvieron entre las primeras que se bautizaron en Valencia.
Aunque el esposo de Paula, Stephen, al principio no quería tener nada que
ver con “esa tontería”, como la llamaba, lo pensó otra vez, se fue a vivir con
su familia y también llegó a ser siervo de Jehová, pero no gracias al
poder de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, sino gracias al estudio de la
Biblia.
Dos años después de llegar a Valencia los
demás misioneros, se les unieron Lester Baxter (el hermano mayor de Donald) y
su esposa, Nancy. Lester tuvo que esforzarse especialmente por dominar el
español. No solo lo necesitaba en el ministerio del campo, sino que tenía
que dirigir todas las reuniones, pues era el único varón del grupo de
misioneros. El estudio intenso produjo buenos resultados. Dos años después,
cuando se formó el primer distrito en Venezuela, Lester fue nombrado
superintendente de distrito. Más tarde, sirvió de superintendente viajante
durante treinta años.
Entre los misioneros que servían en Valencia
se hallaban Lothar Kaemmer, un alemán rubio y de baja estatura, y el británico
Herbert Hudson, de ojos azules y mejillas sonrosadas. Fueron compañeros de
cuarto por un tiempo, y también una demostración viviente de la influencia de
la verdad bíblica en la vida de la gente. Lothar había pertenecido a las
Juventudes Hitlerianas de Alemania, y Herbert, a la Fuerza Aérea Real
Británica, de modo que habían sido enemigos durante la guerra. Pero la Palabra
de Dios cambió su forma de ver la vida. Ahora trabajan juntos de misioneros
enseñando a la gente cómo vivir en paz: primero, con Dios, y después, con el
prójimo.
¿Saltar la valla, o
adoptar una postura firme?
Para 1953 Alice Palusky, una de las
misioneras de Valencia, visitaba a Gladys Castillo, de 18 años. A Gladys
le gustaba lo que oía, pero tenía ciertos recelos al ver que Alice
no utilizaba la Biblia católica. De modo que fue a la catedral a hablar
con el obispo. Le explicó que estaba estudiando con los “protestantes”, pues
eso creía que eran los Testigos, y que deseaba una Biblia católica para
comprobar todos los textos. En aquel tiempo, los Testigos eran pocos en
comparación, y no se les conocía bien en Valencia. Al obispo le pareció
bien la idea de Gladys y le entregó una Biblia. Sorprendida por lo que leyó,
Gladys se dio cuenta de que los católicos no estaban practicando lo que
enseñaba la Biblia, y decidió dejar la Iglesia.
En 1955, cuando se estaba preparando para el
bautismo, se puso a prueba su fe. Solo le faltaba un año para acabar sus
estudios de magisterio. En el colegio se estaba preparando una celebración en
honor de la Virgen María, y se esperaba que todo el mundo asistiera a una misa
especial. Gladys recuerda: “Aquellos eran los días del dictador Pérez Jiménez,
y se expulsaba de la escuela al que no quisiera conformarse a los cánones.
Se anunció que todo el que no fuera a misa recogiera su carta de
expulsión, lo que también le privaría de la oportunidad de estudiar en otro
sitio. Fue una verdadera prueba para mí. Cuando llegó la hora de ir a misa,
pensé en esconderme en el baño o saltar la valla e irme a casa. Pero finalmente
opté por adoptar una postura firme. Le expliqué al director que no iría a
misa porque no me consideraba católica, pues estaba estudiando con los
testigos de Jehová. Aunque se enfadó mucho, me dejó ir a casa y no me
expulsaron. Me alegré de haber confiado completamente en Jehová”.
Algunos clérigos
reciben el testimonio
También se dio testimonio a algunos clérigos.
Marina Silva, una de las primeras Testigos de Valencia, recuerda que cierto día
la visitó el cura de la iglesia a la que asistía antes de hacerse Testigo y
pudieron hablar largo y tendido. Lo que recuerda con más claridad es que, al
no poder encontrar los textos bíblicos que Marina le pedía que buscara,
admitió: “En el seminario estudiamos de todo menos de la Biblia”. Estuvo de acuerdo
con ella en muchos puntos; pero cuando Marina le animó a dejar el sacerdocio y
servir a Jehová, él dijo: “¿Y quién me va a dar la arepa?”. (La arepa es el pan
de maíz que hacen en el país.)
Aunque Marina había sido devota del “Sagrado
Corazón de Jesús”, a cuya imagen dedicaba entonces todos los viernes, la verdad
de la Biblia cambió su vida. Se bautizó en 1953, y sirve de precursora
especial desde 1968. Ha tenido el privilegio de ayudar a abrir territorio
en San Carlos, Temerla, Bejuma, Chirgua, Taborda, Nirgua y Tinaquillo.
Cuando el mensaje de la verdad llegó por
primera vez a Tinaquillo, al sudoeste de Valencia, la reacción inicial fue
hostil. Marina recuerda que cuando el grupo empezó a predicar el pueblo, el
sacerdote, “monseñor” Granadillo, puso altavoces para advertir a la gente. “¡La
fiebre amarilla ha llegado a Tinaquillo! —gritó— ¡No escuchen a esta
gente! ¡Defiendan el pueblo y su religión! ¡Defiendan el misterio de la
santísima Trinidad!” Marina decidió visitar al cura, así que fue a esperarlo a su
casa.
Cuando llegó, lo saludó, y le dijo: “Soy
parte de la ‘fiebre amarilla’ de la que estuvo quejándose esta mañana. Deseo
aclararle que somos testigos de Jehová. Predicamos un mensaje importante acerca
del Reino de Dios, un mensaje que la Iglesia debería estar predicando, pero
no lo está haciendo”. Después le pidió valientemente que sacara la Biblia
y le mostró el texto de Hechos 15:14, donde se predijo que Jehová sacaría de
entre las naciones “un pueblo para su nombre”. La actitud del cura cambió. Se disculpó
diciendo que no sabía la clase de personas que éramos. Para sorpresa de
todos, asistió al discurso público al que le invitó la hermana. En posteriores
ocasiones aceptó las revistas en la plaza principal. Al verlo, otras personas
se animaron también a aceptarlas. En 1995 había cuatro congregaciones en
Tinaquillo y un total de 385 publicadores.

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