miércoles, 20 de mayo de 2015

“¿Y cuánto tiempo van a quedarse ustedes?”


El 2 de junio de 1946, poco después de la visita del hermano Knorr, llegaron los otros dos misioneros asignados a Venezuela. Se trataba de Donald Baxter y Walter Wan. El joven Rubén Araujo estaba presente para recibirlos en Caracas. Mirándolos con ciertas dudas, seguramente con la experiencia del anterior misionero fresca en la memoria, Rubén les preguntó en un inglés deficiente: “¿Y cuánto tiempo van a quedarse ustedes?”.
Rubén había programado un Estudio de La Atalaya para el mismo día que llegaron los misioneros. Trató de poner en práctica las instrucciones que le había dado el hermano Franz. Lo hizo lo mejor que pudo, pero era un estudio de un solo hombre: leía la pregunta, la contestaba él mismo y después leía el párrafo. Recordaba que el estudio no debía durar más de una hora, de modo que, obedientemente, lo acabó a la hora indicada, aunque solo había abarcado diecisiete párrafos y el artículo tenía algunos más. Adquiriría experiencia con tiempo y paciencia.
Cuando Rubén Araujo reflexiona hoy en la marcha repentina del primer misionero, dice: “El vacío que dejó lo llenaron en poco tiempo los dos nuevos misioneros de Galaad. ¡Qué felices nos sentíamos con esta nueva dádiva de la organización de Jehová en la forma de estos misioneros que habían venido para ayudarnos en la Macedonia venezolana!”. (Compárese con Hechos 16:9, 10.) El hermano Knorr le había dicho al hermano Baxter: “Quédese en su asignación, así le cueste la vida”. Pues bien, no le ha costado la vida, pues el hermano Baxter todavía sirve en Venezuela casi cincuenta años después.
Adaptación al nuevo ambiente
El primer hogar misional de Caracas se encontraba en el número 32 de la avenida Bucares, en un barrio llamado El Cementerio. Aquí también se abrió la sucursal, el 1 de septiembre de 1946, con Donald Baxter como siervo de sucursal. Las condiciones de vida no eran ni mucho menos las idóneas. La carretera estaba sin pavimentar y no había agua corriente. Como es de suponer, los misioneros sintieron un gran alivio en 1949, cuando la sucursal y el hogar misional se mudaron de El Cementerio a El Paraíso, un lugar con agua corriente.
El hermano Baxter recuerda los problemas y la frustración de los misioneros al aprender español. Tenían muchas ganas de utilizar lo que habían aprendido en Galaad para ayudar a los hermanos, pero cuando llegaron, aún no podían comunicarse. No obstante, esta dificultad temporal quedó compensada con creces por los buenos resultados en la predicación. El hermano Baxter recuerda la primera vez que predicaron en la calle: “Decidimos ir al centro, a un lugar conocido como El Silencio, a ver qué ocurría. Mi compañero, Walter Wan, se puso en una esquina y yo en otra. La gente sintió una gran curiosidad; nunca habían visto nada semejante. Casi no tuvimos que hablar. La gente literalmente hizo fila para obtener las revistas, y las distribuimos todas en diez o quince minutos. ¡Qué distinto de lo que estábamos acostumbrados en Estados Unidos!”. Walter Wan dijo: “Al hacer inventario, descubrí asombrado que en cuatro días memorables de alabanza a Jehová en las calles y las plazas de mercado, como hacían Jesús y los apóstoles, había colocado 178 libros y Biblias”.
El primer informe que envió la sucursal a la central de Brooklyn (Nueva York) indicaba que había un total de diecinueve publicadores, incluidos los dos misioneros y cuatro precursores regulares, a saber, Eduardo Blackwood, Rubén Araujo, Efraín Mier y Terán y Gerardo Jessurun. Eduardo Blackwood había empezado a servir de precursor el mes de la visita del hermano Knorr, y los otros tres, poco después. Nueve publicadores predicaban en el interior del país. Winston y Eduardo Blackwood, que vivían en El Tigre, llegaban hasta Ciudad Bolívar, al sur, y los campos petrolíferos próximos a Punta de Mata y Maturín, al este. Pedro Morales y otros predicaban en Maracaibo. En el lado oriental del lago Maracaibo, en los campos petrolíferos de Cabimas y Lagunillas, estaban predicando Gerardo Jessurun, Nathaniel Walcott y David Scott. Después se les unió Hugo Taylor, que todavía servía de precursor especial en 1995. Entre todos abarcaban una inmensa extensión del país. Los hermanos Baxter y Wan no tardaron en averiguar por sí mismos cómo era realmente.
Visitan todos los grupos
Durante los meses de octubre y noviembre de 1947, los dos misioneros viajaron a las regiones occidentales y orientales del país para ver cómo ayudar a los grupos. Su objetivo era organizarlos para que llegaran a ser congregaciones. “Viajamos en autobús, lo cual era toda una experiencia en Venezuela —dice el hermano Baxter, sonriendo al recordar aquella memorable expedición—. Los asientos eran pequeños y estaban muy juntos, pues la mayoría de los venezolanos son de baja estatura; de modo que para dos norteamericanos como nosotros casi no había espacio donde poner las piernas. Era común ver encima de los autobuses, junto al equipaje de los pasajeros, camas, máquinas de coser, mesas, pollos, pavos y plátanos. Si un pasajero iba a viajar una distancia corta, no se molestaba en poner encima los pollos y demás mercancías, sino que metía todo en el autobús y lo amontonaba en el pasillo en medio de los asientos. El autobús se averió, así que nos quedamos varias horas varados en el desierto, donde solo había cactos y cabras, hasta que apareció otro autobús. Después, nos quedamos sin gasolina.”
En cada uno de los cuatro lugares que visitaron encontraron un grupo de unas diez personas que se reunían en la sala de algún hogar. Los misioneros les enseñaron a dirigir las reuniones, informar su actividad a la sucursal todos los meses y conseguir publicaciones para la predicación.
En su visita a El Tigre, el hermano Baxter se fijó en que Alejandro Mitchell, uno de los hermanos nuevos, obedecía a pies juntillas la admonición de Mateo 10:27 de predicar desde las azoteas. Había instalado un altavoz en el tejado de su casa, y todos los días leía en voz alta durante una media hora pasajes escogidos de los libros Hijos o El nuevo mundo, así como de otras publicaciones de la Sociedad Watch Tower. Lo hacía tan alto, que era posible oírle a una distancia de varias manzanas, lo cual, como cabría esperar, disgustaba a los vecinos; de modo que se le recomendó que predicara de casa en casa y se olvidara del altavoz.
El viaje que hicieron los hermanos para visitar los grupos fue muy provechoso. Bautizaron a dieciséis personas durante los meses que pasaron viajando.


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