El 2 de junio de 1946, poco después de
la visita del hermano Knorr, llegaron los otros dos misioneros asignados a
Venezuela. Se trataba de Donald Baxter y Walter Wan. El joven Rubén Araujo
estaba presente para recibirlos en Caracas. Mirándolos con ciertas dudas,
seguramente con la experiencia del anterior misionero fresca en la memoria,
Rubén les preguntó en un inglés deficiente: “¿Y cuánto tiempo van a quedarse ustedes?”.
Rubén había programado un Estudio de La Atalaya
para el mismo día que llegaron los misioneros. Trató de poner en práctica las
instrucciones que le había dado el hermano Franz. Lo hizo lo mejor que pudo,
pero era un estudio de un solo hombre: leía la pregunta, la contestaba él mismo
y después leía el párrafo. Recordaba que el estudio no debía durar más de
una hora, de modo que, obedientemente, lo acabó a la hora indicada, aunque solo
había abarcado diecisiete párrafos y el artículo tenía algunos más. Adquiriría
experiencia con tiempo y paciencia.
Cuando Rubén Araujo reflexiona hoy en la marcha
repentina del primer misionero, dice: “El vacío que dejó lo llenaron en poco
tiempo los dos nuevos misioneros de Galaad. ¡Qué felices nos sentíamos con esta
nueva dádiva de la organización de Jehová en la forma de estos misioneros que
habían venido para ayudarnos en la Macedonia venezolana!”. (Compárese con
Hechos 16:9, 10.) El hermano Knorr le había dicho al hermano Baxter: “Quédese
en su asignación, así le cueste la vida”. Pues bien, no le ha costado la
vida, pues el hermano Baxter todavía sirve en Venezuela casi cincuenta años
después.
Adaptación al nuevo
ambiente
El primer hogar misional de Caracas se
encontraba en el número 32 de la avenida Bucares, en un barrio llamado El
Cementerio. Aquí también se abrió la sucursal, el 1 de septiembre
de 1946, con Donald Baxter como siervo de sucursal. Las condiciones de
vida no eran ni mucho menos las idóneas. La carretera estaba sin
pavimentar y no había agua corriente. Como es de suponer, los misioneros
sintieron un gran alivio en 1949, cuando la sucursal y el hogar misional
se mudaron de El Cementerio a El Paraíso, un lugar con agua corriente.
El hermano Baxter recuerda los problemas y la
frustración de los misioneros al aprender español. Tenían muchas ganas de
utilizar lo que habían aprendido en Galaad para ayudar a los hermanos, pero
cuando llegaron, aún no podían comunicarse. No obstante, esta
dificultad temporal quedó compensada con creces por los buenos resultados en la
predicación. El hermano Baxter recuerda la primera vez que predicaron en la calle:
“Decidimos ir al centro, a un lugar conocido como El Silencio, a ver qué
ocurría. Mi compañero, Walter Wan, se puso en una esquina y yo en otra. La
gente sintió una gran curiosidad; nunca habían visto nada semejante. Casi
no tuvimos que hablar. La gente literalmente hizo fila para obtener las
revistas, y las distribuimos todas en diez o quince minutos. ¡Qué distinto de
lo que estábamos acostumbrados en Estados Unidos!”. Walter Wan dijo: “Al hacer
inventario, descubrí asombrado que en cuatro días memorables de alabanza a
Jehová en las calles y las plazas de mercado, como hacían Jesús y los
apóstoles, había colocado 178 libros y Biblias”.
El primer informe que envió la sucursal a la
central de Brooklyn (Nueva York) indicaba que había un total de diecinueve
publicadores, incluidos los dos misioneros y cuatro precursores regulares, a
saber, Eduardo Blackwood, Rubén Araujo, Efraín Mier y Terán y Gerardo Jessurun.
Eduardo Blackwood había empezado a servir de precursor el mes de la visita del
hermano Knorr, y los otros tres, poco después. Nueve publicadores predicaban en
el interior del país. Winston y Eduardo Blackwood, que vivían en El Tigre,
llegaban hasta Ciudad Bolívar, al sur, y los campos petrolíferos próximos a
Punta de Mata y Maturín, al este. Pedro Morales y otros predicaban en
Maracaibo. En el lado oriental del lago Maracaibo, en los campos petrolíferos
de Cabimas y Lagunillas, estaban predicando Gerardo Jessurun, Nathaniel Walcott
y David Scott. Después se les unió Hugo Taylor, que todavía servía de precursor
especial en 1995. Entre todos abarcaban una inmensa extensión del país.
Los hermanos Baxter y Wan no tardaron en averiguar por sí mismos cómo era
realmente.
Visitan todos los
grupos
Durante los meses de octubre y noviembre
de 1947, los dos misioneros viajaron a las regiones occidentales y
orientales del país para ver cómo ayudar a los grupos. Su objetivo era
organizarlos para que llegaran a ser congregaciones. “Viajamos en autobús, lo
cual era toda una experiencia en Venezuela —dice el hermano Baxter, sonriendo
al recordar aquella memorable expedición—. Los asientos eran pequeños y estaban
muy juntos, pues la mayoría de los venezolanos son de baja estatura; de modo
que para dos norteamericanos como nosotros casi no había espacio donde
poner las piernas. Era común ver encima de los autobuses, junto al equipaje de
los pasajeros, camas, máquinas de coser, mesas, pollos, pavos y plátanos. Si un
pasajero iba a viajar una distancia corta, no se molestaba en poner encima
los pollos y demás mercancías, sino que metía todo en el autobús y lo
amontonaba en el pasillo en medio de los asientos. El autobús se averió, así
que nos quedamos varias horas varados en el desierto, donde solo había cactos y
cabras, hasta que apareció otro autobús. Después, nos quedamos sin gasolina.”
En cada uno de los cuatro lugares que
visitaron encontraron un grupo de unas diez personas que se reunían en la sala
de algún hogar. Los misioneros les enseñaron a dirigir las reuniones, informar
su actividad a la sucursal todos los meses y conseguir publicaciones para la
predicación.
En su visita a El Tigre, el hermano Baxter se
fijó en que Alejandro Mitchell, uno de los hermanos nuevos, obedecía a pies
juntillas la admonición de Mateo 10:27 de predicar desde las azoteas. Había
instalado un altavoz en el tejado de su casa, y todos los días leía en voz alta
durante una media hora pasajes escogidos de los libros Hijos o El
nuevo mundo, así como de otras publicaciones de la Sociedad Watch Tower. Lo
hacía tan alto, que era posible oírle a una distancia de varias manzanas, lo
cual, como cabría esperar, disgustaba a los vecinos; de modo que se le
recomendó que predicara de casa en casa y se olvidara del altavoz.
El viaje que hicieron los hermanos para
visitar los grupos fue muy provechoso. Bautizaron a dieciséis personas durante
los meses que pasaron viajando.
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