A finales de los años cuarenta, cuando Donald
Baxter era el único miembro de la sucursal y solo había seis o siete
congregaciones en todo el país, él mismo se encargaba de visitar estos grupos.
En 1951 volvió de Galaad Rubén Araujo, que a
la sazón contaba 21 años de edad, y se le asignó a visitar las
congregaciones y grupos aislados del país. Aquel año, la cantidad de
congregaciones aumentó a doce. Como Rubén no tenía automóvil, viajaba en
autobús o taxi, y a veces, cuando visitaba lugares lejanos, en avión o chalana.
Todavía recuerda una visita que hizo a un
suscriptor de La Atalaya en las inmediaciones de Rubio,
estado de Táchira, cerca de la frontera con Colombia. El propietario de la
finca dijo que era suizo y que no leía español, pero que hablara con su
esposa, pues a ella le gustaba la Biblia. “Después de conversar con la esposa
—recuerda Rubén—, esta llamó a su madre, una anciana de 81 años. Cuando
vio los libros que llevaba, preguntó si esta obra tenía relación con el libro El
Plan Divino de las Edades. Se le iluminaron los ojos y se emocionó:
‘¿Quiere decir que sabe quién es el señor Rutherford?’, preguntó. Su hija hacía
de intérprete, pues la anciana solo hablaba alemán. Dijo que había leído el
libro muchas veces desde que lo recibió, en 1920. También había visto el
‘Foto-Drama de la Creación’ y había escuchado el discurso ‘Millones que ahora
viven no morirán jamás’. Llevaba doce años, desde su llegada a Venezuela
procedente de Suiza, sin tener comunicación con los Testigos. ‘Les he echado
muchísimo de menos’, dijo. Demostró su alegría cantando un cántico del Reino en
alemán, y yo me puse a cantar con ella en español. Cantamos con lágrimas de
alegría.”
Keith y Lois West, graduados de la
clase 19 de Galaad, sirvieron quince años en la obra de circuito. Las
circunstancias que afrontaron no siempre fueron fáciles. La visita a Monte
Oscuro, en el estado de Portuguesa, es un ejemplo. Keith recuerda: “Debido a
las fuertes lluvias caídas la noche anterior, no pudimos recorrer la
distancia que esperábamos con el automóvil; así que lo dejamos y
nos pusimos a caminar hasta el río, el cual vadeamos corriente arriba
después de quitarnos los zapatos. Luego tuvimos que subir una montaña, que nos
llevó al pequeño Salón del Reino. No había ni un alma allí, pero el hermano
que nos acompañaba dijo: ‘No se preocupen, ahora vendrán’. A continuación se
puso a golpear una llanta de metal, y finalmente aparecieron unas cuarenta
personas. Empapado y con los pantalones embarrados, presenté mi discurso.
Parece ser que la combinación del agua fría del río con la sofocante subida al
Salón y el hecho de dar el discurso con los pantalones mojados me ocasionó un
trastorno muscular muy doloroso. Después de aquella ocasión necesité ayuda por
un tiempo para subir y bajar de la plataforma del Salón del Reino, y tenía que
descansar con frecuencia durante la predicación”.
Los diversos lugares de hospedaje suponen un
reto para los superintendentes viajantes. Muchas veces no tienen agua
corriente. Los techos de metal ondulado contribuyen a que las temperaturas
asciendan a entre 30 y 40 °C. Prácticamente no se conocen las telas
metálicas para las puertas y ventanas, de modo que uno tiene que compartir la
habitación, y a veces la cama, con la fauna autóctona. Además, el modo de vida
tranquilo, abierto y sociable de las familias venezolanas requiere a veces
cierta medida de adaptación del extranjero, acostumbrado a más intimidad.
No obstante, la amigabilidad y hospitalidad de los venezolanos es
sobresaliente, y la expresión “usted está en su casa” forma parte del
recibimiento que se brinda al superintendente viajante cuando llega.
Los superintendentes viajantes han proyectado
las películas y diapositivas de la Sociedad por todo el país. A los venezolanos
les encanta ver películas, por lo que los superintendentes de circuito pueden
esperar un lleno completo. La gente se sienta en el suelo o ve la proyección de
pie o a través de las ventanas. Un hombre interesado tuvo la atención de pintar
de blanco una pared de su casa para que sirviera de pantalla. En un pueblo de
las montañas cercano a Carúpano, un amable tendero suministró la electricidad
de su planta (la única electricidad disponible en muchos kilómetros a la
redonda) y también la sala: el local donde se realizaban las peleas de gallos.
Después lanzó unos cohetes para que bajara la gente que vivía en las montañas,
lo cual reunió a 85 personas, muchas de las cuales bajaron en burro. Fue
como un autocine, con ligeras diferencias.
Gladys Guerrero, que reside en Maracaibo,
siente un cariño especial por los superintendentes viajantes y sus esposas.
Mientras Nancy Baxter, esposa de un superintendente viajante, predicaba con la
joven Gladys en Punto Fijo, observó que tenía un impedimento en el habla.
Gladys le explicó que lo había heredado de su padre. Aunque se habían burlado
mucho de ella, no había logrado corregirlo. Pero la conmovió ver cómo la
hermana Baxter dedicaba tiempo a enseñarle la pronunciación correcta y a
practicar ciertas palabras. “Su paciencia tuvo recompensas —dice Gladys—. Ahora
puedo hablar correctamente.” Otras personas también contribuyeron al
crecimiento espiritual de Gladys.

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