miércoles, 20 de mayo de 2015

No están comprendiendo


 El Standard, una publicación católica nacional publicada en Ghana, presentó un editorial acerca de la obra de la Iglesia Católica, y señaló que ésta “ha hecho una enorme contribución al desarrollo del país.” El editorial llama atención a las escuelas, hospitales y clínicas edificados por la iglesia, así como a proyectos agrícolas y de excavación de pozos. “Pero ha llegado el tiempo para empezar a mirar en otra dirección,” dice. “El desarrollo de la gente debe tener mayor prioridad que el desarrollo del país y las instituciones.” ¿Cómo?
“La mayoría del pueblo de Dios que pasa su tiempo en oficinas, haciendas, escuelas y fábricas tiene hambre de alimento espiritual más fuerte. Estas personas están dispuestas a vivir el Evangelio en su plenitud, pero, ¿quién les mostrará el camino? . . . No estamos suministrando a la gente el alimento espiritual que necesita.”
Si esta iglesia no ha hecho esto para el hombre común después de siglos de existencia, ¿qué razón hay para creer que ahora ha de empezar a suministrar el “alimento espiritual” que sus miembros realmente necesitan? El apóstol Pedro mismo recibió el mandato de Jesús sobre esto tres veces, para énfasis, cuando se le preguntó si amaba al Cristo. “Apacienta mis corderos . . . mis ovejas” (no: ‘construye escuelas y hospitales’), se le dijo a Pedro, para que probara su amor. Evidentemente Pedro comprendió, pero la Iglesia Católica no.—Juan 21:15-17, Versión Nácar-Colunga, católica.


¿Monogamia, o poligamia?


¿Debe aceptar la iglesia a miembros que tengan más de un cónyuge? Para resolver esta cuestión, la Iglesia Anglicana de Uganda ha designado a un grupo para que estudie “la poligamia y la familia cristiana”. El Servicio de Prensa Ecuménico informa que, según el obispo Christopher Senyonjo, miembro del grupo que estudia esta cuestión, el tener más de un cónyuge no solo es aceptable, sino también provechoso. ¿Por qué cree eso? Alega que los matrimonios polígamos pueden estorbar el esparcimiento de la enfermedad conocida como SIDA. Además, asegura que la poligamia es opcional para los cristianos, y dice que Cristo “transformará nuestros matrimonios rancios e insípidos en vino dulce, sin importar que sean monógamos o polígamos”.
Sin embargo, la Biblia muestra claramente que Jehová Dios, el Originador del matrimonio monógamo, no concuerda con ese pensar. Él hizo que el apóstol Pablo escribiera por inspiración: “Que cada hombre tenga su propia esposa y que cada mujer tenga su propio esposo”. (1 Corintios 7:2.) Un punto importante es que, después, Pablo escribió lo siguiente sobre los requisitos de los que pastorean el rebaño: “Que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer”. (1 Timoteo 3:2, Versión Moderna.)
Por eso, tanto los cristianos verdaderos de África como los de todo otro lugar ven la poligamia como lo que es: una violación de la ley de Dios.


Los superintendentes viajantes ayudan



A finales de los años cuarenta, cuando Donald Baxter era el único miembro de la sucursal y solo había seis o siete congregaciones en todo el país, él mismo se encargaba de visitar estos grupos.
En 1951 volvió de Galaad Rubén Araujo, que a la sazón contaba 21 años de edad, y se le asignó a visitar las congregaciones y grupos aislados del país. Aquel año, la cantidad de congregaciones aumentó a doce. Como Rubén no tenía automóvil, viajaba en autobús o taxi, y a veces, cuando visitaba lugares lejanos, en avión o chalana.
Todavía recuerda una visita que hizo a un suscriptor de La Atalaya en las inmediaciones de Rubio, estado de Táchira, cerca de la frontera con Colombia. El propietario de la finca dijo que era suizo y que no leía español, pero que hablara con su esposa, pues a ella le gustaba la Biblia. “Después de conversar con la esposa —recuerda Rubén—, esta llamó a su madre, una anciana de 81 años. Cuando vio los libros que llevaba, preguntó si esta obra tenía relación con el libro El Plan Divino de las Edades. Se le iluminaron los ojos y se emocionó: ‘¿Quiere decir que sabe quién es el señor Rutherford?’, preguntó. Su hija hacía de intérprete, pues la anciana solo hablaba alemán. Dijo que había leído el libro muchas veces desde que lo recibió, en 1920. También había visto el ‘Foto-Drama de la Creación’ y había escuchado el discurso ‘Millones que ahora viven no morirán jamás’. Llevaba doce años, desde su llegada a Venezuela procedente de Suiza, sin tener comunicación con los Testigos. ‘Les he echado muchísimo de menos’, dijo. Demostró su alegría cantando un cántico del Reino en alemán, y yo me puse a cantar con ella en español. Cantamos con lágrimas de alegría.”
Keith y Lois West, graduados de la clase 19 de Galaad, sirvieron quince años en la obra de circuito. Las circunstancias que afrontaron no siempre fueron fáciles. La visita a Monte Oscuro, en el estado de Portuguesa, es un ejemplo. Keith recuerda: “Debido a las fuertes lluvias caídas la noche anterior, no pudimos recorrer la distancia que esperábamos con el automóvil; así que lo dejamos y nos pusimos a caminar hasta el río, el cual vadeamos corriente arriba después de quitarnos los zapatos. Luego tuvimos que subir una montaña, que nos llevó al pequeño Salón del Reino. No había ni un alma allí, pero el hermano que nos acompañaba dijo: ‘No se preocupen, ahora vendrán’. A continuación se puso a golpear una llanta de metal, y finalmente aparecieron unas cuarenta personas. Empapado y con los pantalones embarrados, presenté mi discurso. Parece ser que la combinación del agua fría del río con la sofocante subida al Salón y el hecho de dar el discurso con los pantalones mojados me ocasionó un trastorno muscular muy doloroso. Después de aquella ocasión necesité ayuda por un tiempo para subir y bajar de la plataforma del Salón del Reino, y tenía que descansar con frecuencia durante la predicación”.
Los diversos lugares de hospedaje suponen un reto para los superintendentes viajantes. Muchas veces no tienen agua corriente. Los techos de metal ondulado contribuyen a que las temperaturas asciendan a entre 30 y 40 °C. Prácticamente no se conocen las telas metálicas para las puertas y ventanas, de modo que uno tiene que compartir la habitación, y a veces la cama, con la fauna autóctona. Además, el modo de vida tranquilo, abierto y sociable de las familias venezolanas requiere a veces cierta medida de adaptación del extranjero, acostumbrado a más intimidad. No obstante, la amigabilidad y hospitalidad de los venezolanos es sobresaliente, y la expresión “usted está en su casa” forma parte del recibimiento que se brinda al superintendente viajante cuando llega.
Los superintendentes viajantes han proyectado las películas y diapositivas de la Sociedad por todo el país. A los venezolanos les encanta ver películas, por lo que los superintendentes de circuito pueden esperar un lleno completo. La gente se sienta en el suelo o ve la proyección de pie o a través de las ventanas. Un hombre interesado tuvo la atención de pintar de blanco una pared de su casa para que sirviera de pantalla. En un pueblo de las montañas cercano a Carúpano, un amable tendero suministró la electricidad de su planta (la única electricidad disponible en muchos kilómetros a la redonda) y también la sala: el local donde se realizaban las peleas de gallos. Después lanzó unos cohetes para que bajara la gente que vivía en las montañas, lo cual reunió a 85 personas, muchas de las cuales bajaron en burro. Fue como un autocine, con ligeras diferencias.
Gladys Guerrero, que reside en Maracaibo, siente un cariño especial por los superintendentes viajantes y sus esposas. Mientras Nancy Baxter, esposa de un superintendente viajante, predicaba con la joven Gladys en Punto Fijo, observó que tenía un impedimento en el habla. Gladys le explicó que lo había heredado de su padre. Aunque se habían burlado mucho de ella, no había logrado corregirlo. Pero la conmovió ver cómo la hermana Baxter dedicaba tiempo a enseñarle la pronunciación correcta y a practicar ciertas palabras. “Su paciencia tuvo recompensas —dice Gladys—. Ahora puedo hablar correctamente.” Otras personas también contribuyeron al crecimiento espiritual de Gladys.


viernes, 15 de mayo de 2015

Valencia: un campo fructífero


A mitad de camino entre Barquisimeto y Caracas se encuentra Valencia, la cuarta ciudad más grande de la República. El aspecto de sus calles más antiguas y estrechas es parecido al de la vieja España, y al igual que su homónima española, Valencia es famosa por sus naranjas.
Ocho de los misioneros que llegaron a Venezuela en 1950 fueron enviados a esta ciudad. Evelyn Siebert (ahora Ward) se acuerda de cuando empezó a predicar con una presentación aprendida de memoria. “Aunque no sabíamos español, empezamos muchos estudios bíblicos”, recuerda. Uno de estos fue con Paula Lewis, católica y muy devota de las imágenes, en particular del “Sagrado Corazón de Jesús”, al que solía pedir favores. Iba a la iglesia todas las semanas, donaba tres bolívares y le pedía a la imagen que su esposo regresara a casa a quedarse con la familia. Como él seguía viviendo en otro lugar, decidió hablarle a la imagen con más energía: “Señor, si esta vez no veo resultados, esta es la última donación que te hago”. Dejó sus tres bolívares y no regresó más.
Al mes siguiente la visitó Evelyn Siebert. Paula escuchó con gusto, aceptó el libro “Sea Dios veraz”, aunque no sabía leer, y empezó a estudiar la Biblia con la ayuda de Evelyn. Paula y una de sus hijas estuvieron entre las primeras que se bautizaron en Valencia. Aunque el esposo de Paula, Stephen, al principio no quería tener nada que ver con “esa tontería”, como la llamaba, lo pensó otra vez, se fue a vivir con su familia y también llegó a ser siervo de Jehová, pero no gracias al poder de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, sino gracias al estudio de la Biblia.
Dos años después de llegar a Valencia los demás misioneros, se les unieron Lester Baxter (el hermano mayor de Donald) y su esposa, Nancy. Lester tuvo que esforzarse especialmente por dominar el español. No solo lo necesitaba en el ministerio del campo, sino que tenía que dirigir todas las reuniones, pues era el único varón del grupo de misioneros. El estudio intenso produjo buenos resultados. Dos años después, cuando se formó el primer distrito en Venezuela, Lester fue nombrado superintendente de distrito. Más tarde, sirvió de superintendente viajante durante treinta años.
Entre los misioneros que servían en Valencia se hallaban Lothar Kaemmer, un alemán rubio y de baja estatura, y el británico Herbert Hudson, de ojos azules y mejillas sonrosadas. Fueron compañeros de cuarto por un tiempo, y también una demostración viviente de la influencia de la verdad bíblica en la vida de la gente. Lothar había pertenecido a las Juventudes Hitlerianas de Alemania, y Herbert, a la Fuerza Aérea Real Británica, de modo que habían sido enemigos durante la guerra. Pero la Palabra de Dios cambió su forma de ver la vida. Ahora trabajan juntos de misioneros enseñando a la gente cómo vivir en paz: primero, con Dios, y después, con el prójimo.
¿Saltar la valla, o adoptar una postura firme?
Para 1953 Alice Palusky, una de las misioneras de Valencia, visitaba a Gladys Castillo, de 18 años. A Gladys le gustaba lo que oía, pero tenía ciertos recelos al ver que Alice no utilizaba la Biblia católica. De modo que fue a la catedral a hablar con el obispo. Le explicó que estaba estudiando con los “protestantes”, pues eso creía que eran los Testigos, y que deseaba una Biblia católica para comprobar todos los textos. En aquel tiempo, los Testigos eran pocos en comparación, y no se les conocía bien en Valencia. Al obispo le pareció bien la idea de Gladys y le entregó una Biblia. Sorprendida por lo que leyó, Gladys se dio cuenta de que los católicos no estaban practicando lo que enseñaba la Biblia, y decidió dejar la Iglesia.
En 1955, cuando se estaba preparando para el bautismo, se puso a prueba su fe. Solo le faltaba un año para acabar sus estudios de magisterio. En el colegio se estaba preparando una celebración en honor de la Virgen María, y se esperaba que todo el mundo asistiera a una misa especial. Gladys recuerda: “Aquellos eran los días del dictador Pérez Jiménez, y se expulsaba de la escuela al que no quisiera conformarse a los cánones. Se anunció que todo el que no fuera a misa recogiera su carta de expulsión, lo que también le privaría de la oportunidad de estudiar en otro sitio. Fue una verdadera prueba para mí. Cuando llegó la hora de ir a misa, pensé en esconderme en el baño o saltar la valla e irme a casa. Pero finalmente opté por adoptar una postura firme. Le expliqué al director que no iría a misa porque no me consideraba católica, pues estaba estudiando con los testigos de Jehová. Aunque se enfadó mucho, me dejó ir a casa y no me expulsaron. Me alegré de haber confiado completamente en Jehová”.
Algunos clérigos reciben el testimonio
También se dio testimonio a algunos clérigos. Marina Silva, una de las primeras Testigos de Valencia, recuerda que cierto día la visitó el cura de la iglesia a la que asistía antes de hacerse Testigo y pudieron hablar largo y tendido. Lo que recuerda con más claridad es que, al no poder encontrar los textos bíblicos que Marina le pedía que buscara, admitió: “En el seminario estudiamos de todo menos de la Biblia”. Estuvo de acuerdo con ella en muchos puntos; pero cuando Marina le animó a dejar el sacerdocio y servir a Jehová, él dijo: “¿Y quién me va a dar la arepa?”. (La arepa es el pan de maíz que hacen en el país.)
Aunque Marina había sido devota del “Sagrado Corazón de Jesús”, a cuya imagen dedicaba entonces todos los viernes, la verdad de la Biblia cambió su vida. Se bautizó en 1953, y sirve de precursora especial desde 1968. Ha tenido el privilegio de ayudar a abrir territorio en San Carlos, Temerla, Bejuma, Chirgua, Taborda, Nirgua y Tinaquillo.
Cuando el mensaje de la verdad llegó por primera vez a Tinaquillo, al sudoeste de Valencia, la reacción inicial fue hostil. Marina recuerda que cuando el grupo empezó a predicar el pueblo, el sacerdote, “monseñor” Granadillo, puso altavoces para advertir a la gente. “¡La fiebre amarilla ha llegado a Tinaquillo! —gritó— ¡No escuchen a esta gente! ¡Defiendan el pueblo y su religión! ¡Defiendan el misterio de la santísima Trinidad!” Marina decidió visitar al cura, así que fue a esperarlo a su casa.
Cuando llegó, lo saludó, y le dijo: “Soy parte de la ‘fiebre amarilla’ de la que estuvo quejándose esta mañana. Deseo aclararle que somos testigos de Jehová. Predicamos un mensaje importante acerca del Reino de Dios, un mensaje que la Iglesia debería estar predicando, pero no lo está haciendo”. Después le pidió valientemente que sacara la Biblia y le mostró el texto de Hechos 15:14, donde se predijo que Jehová sacaría de entre las naciones “un pueblo para su nombre”. La actitud del cura cambió. Se disculpó diciendo que no sabía la clase de personas que éramos. Para sorpresa de todos, asistió al discurso público al que le invitó la hermana. En posteriores ocasiones aceptó las revistas en la plaza principal. Al verlo, otras personas se animaron también a aceptarlas. En 1995 había cuatro congregaciones en Tinaquillo y un total de 385 publicadores.


Unas mujeres con verdadero espíritu misional


Mientras gran parte del mundo estaba tratando de hacer frente a las consecuencias de la I Guerra Mundial y Adolf Hitler causaba dificultades en Europa, dos testigos de Jehová que vivían en Texas (E.U.A.), Kate Goas y su hija, Marion, decidieron hacer más para difundir el mensaje de paz de la Biblia. Escribieron a la central de la Sociedad Watch Tower Bible and Tract, de Brooklyn (Nueva York), preguntando dónde podían ser más útiles, y añadieron que sabían algo de español. Se las asignó a Venezuela.
Llegaron en barco en 1936 y alquilaron una habitación en la capital, Caracas, que para entonces tenía una población de 200.000 habitantes. Más de diez años antes, varios Estudiantes de la Biblia, como se conocía entonces a los testigos de Jehová, habían visitado Venezuela y habían distribuido miles de tratados bíblicos en las ciudades principales, pero no se habían quedado en el país. Sin embargo, Kate Goas y su hija no habían ido allí de visita. Aunque el aspecto de Kate era fino y delicado, iba de puerta en puerta cargada con una enorme bolsa de publicaciones y un gramófono. Entre ella y su hija abarcaron de modo sistemático todo Caracas. Hecho esto, se trasladaron al interior del país y viajaron largas distancias en autobús por caminos polvorientos sin pavimentar. Predicaron en lugares como Quiriquire, El Tigre, Ciudad Bolívar, en el este, y Maracaibo, en el oeste.
Sin embargo, en julio de 1944 tuvieron que regresar a Estados Unidos porque Marion contrajo el paludismo. Kate Goas escribió una carta a la Sociedad con fecha del 2 de agosto de 1944, en la que decía: “Hemos dejado muchísimas publicaciones. [...] Después de predicar por toda la República prácticamente, seguimos encontrando personas que las aprecian y las leen cada vez que se las llevamos. [...] Ahora, después de dos años de predicación constante en Caracas, siete personas —seis hermanas y un hermano— se han puesto de parte de la justicia y se han bautizado. [...] Están muy contentas con el conocimiento cristiano que tienen de Jehová y su Reino. [...] Por todo Caracas se ha dado un buen testimonio varias veces, y la gente conoce bien el contenido de nuestras publicaciones. [...] Sirviendo en favor de Su Teocracia, Kate Goas”. El “hermano” que menciona la carta era el joven Rubén Araujo, del cual hablaremos más adelante. (A propósito, los siete hermanos a los que bautizó la hermana Goas fueron bautizados nuevamente en 1946 por un hermano, en armonía con el modelo bíblico, que muestra que los bautismos deben realizarlos solo varones que tengan una relación aprobada con Jehová.)
Se coloca el fundamento para dar más testimonio
Cuando la hermana Goas escribió su carta a la Sociedad, en Brooklyn se estaba planificando el envío a Venezuela de misioneros preparados en la Escuela Bíblica de Galaad de la Watchtower. Nathan Knorr y Fred Franz, entonces presidente y vicepresidente de la Sociedad Watch Tower, respectivamente, viajaron a Latinoamérica repetidas veces con el fin de colocar las bases de la obra misional. Programaron una visita a Venezuela en 1946. Se había asignado a este país a tres misioneros, graduados de la Escuela de Galaad, pero todavía no habían recibido sus visados. ¿Quién se encargaría de hacer los preparativos para la visita del presidente, del 9 al 12 de abril de 1946?
Enviaron en avión a uno de los tres misioneros con un visado de turista. Este se alojó en casa de Jeanette Atkins, una hospitalaria mujer a quien Kate Goas había llevado la verdad. Pero tres semanas después, el misionero desapareció misteriosamente. Su patrona y amigos preguntaron a la policía y en el aeropuerto, hasta que por fin descubrieron que había regresado a Estados Unidos presa de la nostalgia.
Antes de que eso ocurriera, los hermanos Knorr y Franz hicieron una visita muy provechosa al grupo de hermanos de Venezuela. Rubén Araujo recuerda que el mismo día en que llegaron se celebró una reunión en el patio de la casa de Jeanette Atkins, donde veintidós personas oyeron sus discursos.
Entre los presentes se encontraba Pedro Morales, a quien entusiasmaban las buenas nuevas. Más tarde relató: “A finales de los años treinta, Kate Goas y su hija me dejaron el libro Riquezas mientras estaba en el mercado principal de Maracaibo. Leerlo, años después, me ayudó a entender la Biblia. La porción que habla de la marca en la frente de los merecedores me tocó el corazón. (Eze. 9:4.) Empecé a buscar a gente que tuviera estas publicaciones, y encontré a cuatro personas que habían estado recibiendo libros de un nativo de Trinidad. Así que comenzamos a reunirnos todas las noches, cada una en la casa de un miembro del grupo, con el fin de estudiar el libro Riquezas”.
Cuando a Pedro lo invitaron a ir a la reunión que habría en Caracas (a unos 700 kilómetros de su casa) durante la visita del hermano Knorr, tanto él como un amigo suyo decidieron hacer el viaje. Pero no faltaron los problemas. Pedro continúa su relato: “Mi esposa estaba embarazada y comenzó a tener dolores de parto; además, mi negocio de caramelos necesitaba alguien que lo atendiera. ¿Qué podía hacer? Conseguí a una partera que estuviera con mi esposa y dejé el negocio en manos de mis tres hijos, de 14, 12 y 10 años, respectivamente. Después tomamos el autobús a Caracas; fue un viaje difícil: dos días por carreteras sin pavimentar”. ¡Qué alegría se llevó al conocer a los Testigos de Caracas! Mientras estaba allí, recibió un telegrama de Maracaibo: “Esposa bien. Niño mejor. Estoy en el negocio. Justo Morales”. Su hermano carnal había llegado inesperadamente de Colombia y se estaba encargando de todo.
El primer día de aquellas reuniones especiales en Caracas, el hermano Franz habló sobre “Los testigos de Jehová en el crisol”. Después, el hermano Knorr siguió hablando de ese tema, mientras Fred Franz le servía de intérprete. ¡Qué iluminadores fueron esos discursos! Se centraron en lo que dice la Biblia que deben esperar los cristianos a manos del mundo, y dieron información sobre la intensa persecución que sufrieron los testigos de Jehová en Europa durante la II Guerra Mundial.
Al día siguiente se llevó a cabo un bautismo en Los Chorros, en la cuenca que había al pie de una cascada. Se bautizaron diez personas en aquella ocasión, entre ellas Winston Blackwood (que había recibido la visita de la hermana Goas en Quiriquire) y su hijo Eduardo; Horacio Mier y Terán y su hermano menor, Efraín; Pedro Morales; Gerardo Jessurun (de Surinam); Israel Francis, y José Mateus.
Pedro Morales y otros dos hermanos del oeste del país se alegraron enormemente cuando el hermano Knorr dijo que la Sociedad enviaría misioneros a Maracaibo tan pronto como el gobierno lo permitiera. Pedro se hizo precursor regular, y siguió en dicho servicio hasta su muerte.
Los impulsaba el amor a la verdad bíblica
Antes de que llegaran los misioneros, las oficinas centrales de la Sociedad, en Brooklyn, recibían informes del pequeño grupo que había formado la hermana Goas. Solamente había un puñado de publicadores, con muy pocas publicaciones. En muchos casos, solo podían prestar los libros a las personas interesadas. Según el informe de marzo de 1946, había nueve proclamadores de las buenas nuevas en Venezuela. Josefina López atendía el grupo, pues era la más activa.
Rubén Araujo recuerda el excelente ejemplo que dio la hermana López: “En aquel tiempo yo era un adolescente. [...] A Josefina López, que tenía cuatro hijos y dos hijas, la llenaba de entusiasmo lo que le enseñaba la hermana Goas. Yo iba casi todos los días a su casa después de la escuela, para hablar con ella de las cosas nuevas que estaba aprendiendo de la verdad. Aunque era una mujer muy atareada, se las arreglaba para salir a predicar de casa en casa y conducir estudios bíblicos todos los días después del almuerzo, cuando su esposo e hijos mayores regresaban al trabajo por la tarde. Nos dio a todos un buen ejemplo, y de verdad que tenía el espíritu de precursor, pues hacía un promedio de sesenta o setenta horas todos los meses como publicadora. Después de más de cuarenta años, todavía tiene cartas de recomendación aquí en Caracas”.
Otra hermana del grupo original era una viuda llamada Domitila Mier y Terán, que siempre había tenido inclinaciones espirituales. Le encantaba leer la Biblia de su padre, y cuando este murió, fue a su casa a buscarla. Aquella Biblia era la única herencia que deseaba. Solo encontró parte de ella, pues el resto se había ido desprendiendo por el maltrato. De todas maneras, guardó como un tesoro esa porción y la usó hasta que pudo comprarse una nueva. Cierto día, una amiga que había conseguido el libro Reconciliación, publicado por la Sociedad, se lo llevó, y le dijo que como ella era una lectora ávida de la Biblia, lo apreciaría más. Domitila se propuso encontrar a los editores del libro, así que visitó a los adventistas y a otros grupos protestantes. Finalmente, se alegró de que Kate Goas la visitara en su casa, y aceptó estudiar la Biblia con ella. Dos de sus hijos, que se bautizaron durante la primera visita de los hermanos Knorr y Franz, sirvieron posteriormente de superintendentes de circuito, y otro, Gonzalo, de anciano de congregación. Otro de sus hijos, Guillermo, aunque estaba presente cuando Kate Goas visitó por primera vez a su madre, no se bautizó sino hasta 1986.


Los cristianos tienen que testificar


En los últimos años, líderes eclesiásticos han expresado con insistencia que es necesario que se dé un testimonio cristiano. Y eso deberían hacer ellos, pues la palabra “testigo” y sus derivados, basados en la palabra griega martýs, aparecen 34 veces en las Escrituras Griegas Cristianas (“Nuevo Testamento”), Versión Valera. Examinemos algunas de las declaraciones provenientes de la cristiandad.
El papa Juan Pablo II, según una cita publicada en L’Osservatore Romano (edición semanal en inglés) del 30 de abril de 1984, dijo: “El testimonio, como recalcó mi predecesor Paulo VI, ‘es un elemento esencial de la evangelización, y por lo general es el primero’ (Evangelii Nuntiandi, núm. 21). Es especialmente urgente en nuestra era, en la desorientación de la mente y en el eclipse de los valores que están desarrollando una crisis que se revela cada vez más claramente como una crisis total de la civilización”. Un año antes, en otro número del mismo periódico, se informó respecto a una audiencia papal bajo el titular: “El mundo del trabajo necesita testigos cristianos”.
Así da énfasis a la necesidad de testificar la Iglesia Católica Romana. Pero ¿qué dicen los portavoces protestantes acerca de la importancia de testificar?
La sexta Asamblea General del Concilio Mundial de Iglesias, que ahora tiene 301 miembros, se reunió en Vancouver del 24 de julio al 10 de agosto de 1983, y luego publicó su International Review of Mission (octubre de 1983), el cual incluía un artículo de 36 páginas titulado “Testificando en un mundo dividido”. Bajo el subtítulo “Todos los cristianos son llamados a testificar”, el artículo declaró francamente: “Para el cristiano, la tarea y el acto de testificar es una respuesta a su lealtad a Dios y una expresión de ésta. [...] El testificar es por mandato divino. Testificamos de la supremacía y el amor de Dios, el creador y dador de vida”.
La publicación teológica bautista Review and Expositor da énfasis a lo mismo, diciendo: “Un estudio del libro de Hechos revela que se agregaron nuevos creyentes a la iglesia porque los cristianos testificaban. Si no se está trayendo a nuevos conversos, pues, es muy probable que los cristianos no estén testificando”.
Aunque las sectas de la cristiandad están completamente divididas en cuanto a ideología y doctrina, parecen estar de acuerdo sobre la necesidad de testificar. Pero ¿están sus miembros cumpliendo con la obligación de testificar?
Sobre eso, Michael Green, rector de la iglesia St. Aldgate, de Oxford, Inglaterra, escribe: “Se acusó a nuestros antepasados en la fe de ‘trastornar el mundo’ con las buenas nuevas que ellos decían a la gente respecto a Jesús (Hechos 17:6). [...] Aquí es donde diferimos enormemente de la iglesia primitiva, cuando todo hombre y mujer consideraba que tenía la tarea de dar testimonio de Jesucristo por todo medio que tuviera a su disposición”.
Un folleto bautista, Witnessing in Today’s World, declara: “El cristiano dedicado quizás diga: ‘Pues, yo no sabría por dónde empezar al tratar de testificar a otra persona’”. Añade: “La reacción inmediata de muchos miembros de la iglesia bautista, cuando se menciona el testificar, es: ‘Nosotros pagamos al pastor para que haga eso’”.
Además, una publicación de Westminster, The Christian as Communicator, admite: “Es muy posible que se esté pasando por alto la responsabilidad de comunicar el evangelio, simplemente porque los cristianos no tienen mucho que decir”.
Claro, los miembros de las sectas de la cristiandad “no tienen mucho que decir”. Y en esto radica el punto crucial de su problema. No han reconocido el cumplimiento del día moderno de “la señal” que Jesús dio respecto a su “presencia” en la gloria del Reino y “la conclusión del sistema de cosas”. Los que ven esa “señal” se sienten impelidos a testificar acerca de ella. ¡Qué alegres podemos sentirnos de que los cristianos verdaderos hoy tengan muchísimo que decir, mientras testifican celosamente respecto al Reino entrante de Jehová mediante Cristo Jesús! (Mateo 24:3-14; Isaías 43:12.)


Llegan más misioneros


En 1950 llegaron noticias emocionantes a la sucursal de Caracas. Se enviarían a Venezuela catorce misioneros más y se abrirían otros tres hogares misionales: en Barquisimeto, Valencia y Maracay. Ahora bien, ¿lograrían los misioneros entrar en el país? El presidente acababa de ser asesinado, se había decretado el toque de queda desde las seis de la tarde y había problemas con las comunicaciones.
El primer avión que entró en el país tras el asesinato del presidente aterrizó en el aeropuerto próximo a Caracas. Los catorce nuevos misioneros desembarcaron, pero nadie fue a recogerlos, pues, dadas las circunstancias, ni siquiera se les esperaba. Ralphine, Penny, Gavette, una de las componentes del grupo, recuerda: “Teníamos la dirección de la sucursal, de modo que tomamos tres taxis. Encontrar la avenida Páez, de Caracas, no fue un problema, pero como es una calle muy larga, no lográbamos dar con la casa. Ya había oscurecido, hacía rato que se había dado el toque de queda y los taxistas estaban poniéndose nerviosos. Al final, Vin Chapman, uno de los misioneros, le dijo al taxista que se detuviera porque iba a llamar a una casa para pedir indicaciones, aunque hablaba poco español. Cuando llamó, le abrió la puerta Donald Baxter, el superintendente de la sucursal. ¡Qué alivio!”.
Los misioneros asignados a Barquisimeto, a unos 270 kilómetros al sudoeste de Caracas, se dieron cuenta de que la ciudad era muy religiosa. En los años cincuenta, las tradiciones impregnaban la vida de las personas, que se resistían a los cambios.
No obstante, las reacciones diferían dependiendo de lo que se estuviera haciendo y de quién lo estuviera llevando a cabo. El hermano Chapman recuerda lo que ocurrió el primer sábado que los misioneros salieron a predicar en la calle. “Nos colocamos los cinco en las esquinas principales de la zona de negocios del centro de la ciudad. Causamos bastante sensación. En aquel tiempo casi no había norteamericanos en Barquisimeto, y, desde luego, ninguna muchacha norteamericana. Yo no lograba colocar ninguna revista, pero las muchachas las distribuían como pan caliente.” Cierto día, las cuatro fueron al mercado a comprar alimentos y decidieron ponerse sus pantalones tejanos. En cuestión de minutos se arremolinó a su alrededor casi un centenar de mujeres, que las señalaban y exclamaban: “¡Mira! ¡Mira!”. No estaban acostumbradas a ver a las muchachas vestir así por la calle. Como es natural, las hermanas se fueron derecho a casa a cambiarse de ropa.
La mayor parte de la gente de este lugar no había visto nunca una Biblia. Aun cuando los hermanos utilizaban la Biblia católica, la gente no quería aceptar lo que decía. Algunos ni siquiera querían leer un texto, pues pensaban que era pecado. La obra no progresó mucho en Barquisimeto durante el primer año.
Por fin, la religión verdadera
Sin embargo, los años de tradición católica no habían cegado a todos los barquisimetanos. Un ejemplo sobresaliente fue Luna de Alvarado, una señora muy mayor que había sido católica muchísimos años. La primera vez que la hermana Gavette la visitó, la anciana le dijo: “Señorita, desde pequeña he esperado que alguien venga a mi puerta a explicarme las cosas que usted acaba de decirme. Cuando era joven, limpiaba la casa del cura, que tenía una Biblia en su biblioteca. Sabía que estaba prohibido leerla, pero sentía tanta curiosidad por saber la razón, que un día, cuando nadie me veía, me la llevé a casa y la leí en secreto. Lo que leí me hizo ver que la Iglesia Católica no nos había enseñado la verdad, y por lo tanto no era la religión verdadera. Temía decir nada a nadie, pero estaba segura de que los que enseñaran la religión verdadera vendrían algún día a nuestro pueblo. Cuando llegaron los protestantes, al principio pensé que eran ellos, pero enseguida descubrí que enseñaban muchas de las mismas mentiras que enseña la Iglesia Católica. Ahora bien, lo que usted me ha dicho es lo mismo que leí en la Biblia hace tantos años”. Se concertó un estudio de inmediato, y no pasó mucho tiempo antes de que Luna simbolizara su dedicación a Jehová. A pesar de la enconada oposición de la familia, sirvió a Jehová fielmente hasta su muerte.
El corazón de Eufrosina Manzanares también la impulsó a responder a la Palabra de Dios. Cuando Ragna Ingwaldsen la visitó por primera vez, Eufrosina nunca había visto una Biblia, pero aceptó el estudio que se le ofreció. Ragna recuerda: “Era muy religiosa: asistía a misa todos los domingos y siempre tenía una lámpara encendida a un ‘santo’ que había puesto en un nicho de la pared. Para asegurarse de que la lámpara no se apagara, guardaba cerca varios litros de aceite con ese propósito expreso”. Pero Eufrosina puso en práctica lo que aprendió de la Biblia. Cuando supo que a Jehová no le agradaban ciertas cosas, hizo cambios en su vida. Se deshizo de las imágenes, dejó de fumar y legalizó su matrimonio. Después, su madre comenzó a estudiar también. No le fue fácil a Eufrosina dejar sus puros ya que fumaba desde que tenía solo dos años, pues con esa edad su madre solía ponerle un cigarrillo en la boca para que se callara. Pero a fin de agradar a Jehová, dejó de fumar, se bautizó y llegó a ser una publicadora muy celosa.
Seis años después de la llegada de los primeros misioneros a Barquisimeto, seguía habiendo tan solo 50 publicadores. Pero Jehová ha bendecido la búsqueda persistente de las personas mansas como ovejas. En 1995, las veintiocho congregaciones de Barquisimeto informaban un total de 2.443 publicadores.